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ASQUEROSO TIEMPO PARA LOS POBRES

JEAN GADREY
 

 

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Todos los economistas y los “responsables” políticos, o casi, rinden culto al crecimiento, según ellos es la condición indispensable para la creación de empleo, al mismo tiempo que satisface las necesidades de expansión. A escala mundial, defienden, al menos en principio, les “objetivos del milenio” de Naciones Unidas, con el objetivo de reducir drásticamente la pobreza. Sin embargo, esos objetivos no se alcanzarán, si cuestiones como las medioambientales no se sitúan en una primera línea y si no se cuestiona la religión del crecimiento. Nos seguiremos limitando al cambio climático, aunque haya otros indicadores con la luz roja encendida: poluciones orgánicas persistentes,  biodiversidad, agotamiento de los ecosistemas...

Desde hace una década, los trabajos científicos se acumulan y convergen: los del GIEC (Grupo Intergubernamental de Expertos en la Evolución del Clima), del PUNE (Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente), de la Agencia Europea para el Medio Ambiente, etcétera.

¿Y qué dicen esos trabajos? Pues que la aceleración del recalentamiento del planeta en el período más reciente, está directamente ligada a las emisiones de gases a efecto invernadero de origen humano, principalmente CO2. Y que más allá de una subida de la temperatura de 2 grados centígrados en relación con la época preindustrial ( actualmente ha subido 1 grado y considerando las emisiones actuales, se alcanzará el 1,5º en muy poco tiempo) son previsibles grandes catástrofes humanas a nivel planetario: Sequías, inundaciones, tempestades, subida del nivel de las aguas de los mares, etcétera.

En el transcurso de este siglo, sobre la base de las tendencias actuales, el recalentamiento estará comprendido entre 2º y 6º, y eso sin recurrir a escenarios mucho más pesimistas, pero no infundados.

Esas catástrofes afectarían principal y prioritariamente a los más pobres del planeta, a quienes más dependencia tienen de los “caprichos” climáticos. Y podrían reducir a nada los objetivos del milenio 2015 y provocar regresiones aún más allá de esa fecha. Centrémonos pues, en el primero de esos objetivos: reducir a la mitad la proporción de pobres y de personas que padecen famina

Se estima que el 90% de los seres humanos afectados por este tipo de desastres “naturales”  ligados al cambio climático viven en países o regiones pobres. En ciertas regiones (Sahel, América Central, Bengladesh, el Pacifico Sur...) en pocas horas esos desastres pueden acabar con años de progreso y de desarrollo humano. Según la Cruz Roja y la Medialuna Roja, el número de personas afectadas gravemente por estas catástrofes, ha pasado de 740 millones en los años 1970 a más de 2000 millones en 1990. Las pérdidas económicas habrían pasado de 131 000 millones a 629 000, más de diez años de ayuda pública al desarrollo. Según el PUNE, el coste por el cambio climático dobla cada diez años. Según otras estimaciones, las perdidas económicas de esta naturaleza estarían por encima del PIB mundial alrededor de los años 2060. Cálculos seguramente contestables, pero no más que los que la economía usual.

La mitad de la población mundial vive en zonas costeras que serían sumergidas si el nivel del agua se elevara un metro, evolución muy prudente para el siglo que viene de persistir la tendencia actual. Cabe esperar que se produzcan migraciones masivas de “refugiados medioambientales”: veinte millones antes de finales de siglo nada más que en Bengladesh y 150 millones en el mundo según los investigadores de Oxford.

Para mantener el recalentamiento del planeta en los limites humanamente tolerables, sería necesario que cada habitante del mundo no sobrepase el nivel de emisiones de 0,46 toneladas anuales de carbono. En 1995, en Estados Unidos, esa cifra fue de 5,3 toneladas, es decir, 12 veces más.

La cuestión que se nos plantea es la siguiente: ¿el crecimiento tal y como lo hemos conocido y celebrado, es compatible con esta servidumbre de vida?

¿Si no, cómo no pensar en el “acrecimiento”, una nueva idea de progreso, desligada de la religión productivista del “siempre más”, y fundada en otros indicadores del bienestar? ¿Qué transiciones habría que entrever? ¿Qué actividades y empleos habría que desarrollar y qué organización productiva, qué “relocalización” de la economía? Pero también: ¿qué redistribución mundial en el marco de esta afirmación de igualdad de derechos de acceso a los recursos medioambientales?

La historia nos ha demostrado que, en circunstancias excepcionales, la economía de un país puede ser profundamente reestructurada en muy poco tiempo sin que se produzca ninguna catástrofe social, siempre que exista una clara conciencia de los peligros comunes. Esta toma de conciencia sobre los riesgos medioambientales se retrasa porque en juego están enormes intereses privados y porque ideólogos del pensamiento único minimizan su importancia.

Corresponde a los contra-ideólogos ponerse manos a la obra. Cuando “se quema la casa” lo que no se puede hacer es seguir almacenado bombas a efecto retardado.

 

Jean Gadrey, profesor emérito de la Universidad de Lille I

 

 

 

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